Finalmente, un hombre deberá reconocer a un adolescente como su propio hijo luego de prestarse a un análisis de ADN que arrojó como resultado que la probabilidad del vínculo es superior al 99,9%.
En nombre del adolescente accionó su madre, quien manifestó que su ex pareja había reconocido a la primera hija que tuvieron en común, pero no al segundo a pesar de haber convivido con ellos por escaso tiempo mientras el niño era aún un bebé.
Dijo la mujer que ella consideraba que su hijo tenía derecho a tener un padre, a llevar su apellido y a gozar tanto del apoyo material como espiritual de su progenitor.
Por su parte, el hombre negó haber convivido con la mujer y ambos niños y haberlos abandonado luego; aunque sí se prestó a la prueba de ADN que finalmente permitió constatar con absoluto grado de certeza que el chico era efectivamente hijo suyo.